Apuntes de ciencia, Miguel Carreras

Las ciencias en la II República: Más luces que sombras

LAS CIENCIAS EN LA II REPUBLICA: Más luces que sombras 

“Que vuestra pluma, que vuestra ciencia, que vuestro conocimientos sean certeras catapultas dirigidas contra lo viejo, contra lo caduco”. Dolores Ibárruri en artículo en la muerte de Máximo Gorki.

   Escrito está y suscribimos que, pese a la brevedad del tiempo que duró, la II República española llevó a cabo en el ámbito de lo público una inmensa labor innovadora y de vanguardia, que situó a nuestro país en primera línea del mundo en lo social e intelectual. Algunos han denominado a ese periodo la Edad de Plata de la cultura española. Trajo consigo un enorme impulso del acervo cultural, tanto en el campo de la creación artística y humanística como en el desarrollo de la investigación científica y supuso un gran avance en la educación y en la asistencia sanitaria. Produjo esperanzadoras realidades que pudieron cambiar la vida de la población  si no hubiera sido por las maniobras obstruccionistas de las tramas negras del capital, el clero y la milicia,  que desembocaron en un enfrentamiento fratricida que cercenó las expectativas y condujo a un retroceso que en la educación, la cultura y, especialmente en la separación Iglesia-Estado, todavía no se han superado.

Existe un amplio consenso en la afirmación de que en este periodo histórico de esperanzas y conquistas, contradicciones y frustraciones, fueron predominantes las luces sobre las sombras. Tras la contienda, el exilio de los mejores fue masivo, tanto en las aulas como en los laboratorios, redacciones, museos y mundo ilustrado, lo que llevó a nuestro país, tras la rebelión militar contra la legalidad republicana, a una de sus etapas más negras, el largo franquismo.

Era tal el número de intelectuales y profesores en el Parlamento que se ganó el título de República de profesores. Entre los parlamentarios hubo destacados hombres de Ciencia, como Marañón, Pittaluga, Giral, Negrín, la mayoria de filiación izquierdista y republicana.

Según Sánchez Ron, el desarrollo científico en la II República fue continuación de la etapa anterior, sobre todo desde la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), que, imbuida del espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, había sido creada en la primera década del siglo XX y que fue presidida por Ramón y Cajal- banda de la orden de la República hasta 1934. Algunos científicos conservadores se sintieron postergados por la Junta, a cuyas directrices siempre se opusieron. Se constituyó en 1931, como una extensión del proyecto de la JAE, la Fundación Nacional de Investigaciones Científicas y Ensayos de Reforma para instruir al personal científico y colaborar con empresas,  que trajo como consecuencia un incremento de la vinculación universitaria con la innovación. Supuso una descentralización de la Junta con la creación, entre otros, del Centro de Investigaciones Vinícolas, el Laboratorio de Histología y Cultivo de Tejidos en la Universidad de Valladolid y el de Hematología en la de Zaragoza.

En 1932 se inauguró, con el apoyo económico que prestigiosos científicos españoles de la época consiguieron de la Fundación Rockefeller, el Instituto Nacional de Física y Química, que en la actualidad lleva el nombre del químico conservador aragonés Antonio de Gregorio Rocasolano, muy crítico con la Junta y que llegó a vicepresidente del CSIC tras el triunfo de Franco. En 1934 se funda la Asociación Nacional de Historia de la Ciencia.

Algunos proyectos, como el de educación pública de Fernando de los Ríos, no se pudieron llevar a cabo debido a la frecuente inestabilidad gubernamental y otros, como el establecimiento del Instituto Cajal,  vieron limitadas sus previsiones por el inicio del alzamiento militar en 1936, acontecimiento ante el que la comunidad científica no respondió de forma corporativa en un sentido determinado. La progresista Asociación de catedráticos de Enseñanzas Medias había tomado el control de la JAE desde el triunfo electoral del Frente Popular. El especialista en paludismo e hijo de Odón,  Sadí de Buen fue con José M. Villaverde de los pocos científicos que murieron como consecuencia de actos bélicos. Según escribía desde su exilio mexicano el doctor José Puche, colaborador de Negrín y director general de Sanidad del ejército republicano, fueron fusilados por los alzados ocho científicos, entre ellos dos rectores de Universidad.

Ciudad universitaria de Madrid en 1936

Resulta imposible rendir homenaje a la pléyade de excelentes hombres de ciencia que brillaron con luz propia en las distintas disciplinas, así que nos limitaremos a destacar algunas figuras representativas.

En el campo de las ciencias fisico-químicas sobresalió el canario Blas Cabrera,  de reconocido prestigio internacional en magnetismo, director del Laboratorio de Investigaciones Físicas y rector de la Universidad de Verano de Santander. Fue miembro de la Comission Scientifique Internationale Solvay, de la que formaban parte, entre otros, Marie Curie, Albert Einstein y Niels Bohr y en 1933 ocupó la secretaría de Pesas y Medidas. Escribió “Principio de Relatividad “y murió en el exilio en México en 1945. Arturo Duperier, catedrático de Geofísica y especialista en radiación cósmica,  marchó durante la guerra al Imperial College de Londres; regresó a España en  1953 y se reincorporó, no sin problemas, a su cátedra.

Blas Cabrera con Marie Curie

El líder de los químicos fue Enrique Moles, director de la sección de Química del anteriormente citado Laboratorio de Investigaciones Físicas, donde incorporó la metodología alemana de Ostwald. Considerado como el mejor químico español de todos los tiempos, durante la guerra dirigió la sección de Pólvoras y Explosivos del Ministerio de Defensa. Tras la victoria de Franco  marchó a París, siendo profesor en el College de France y al volver a España en 1943 fue encarcelado y condenado a muerte, pero no se cumplió la condena aunque se le  desposeyó de su cátedra universitaria. Un instituto de Oviedo honra su memoria.

Sello en honor de Miguel Catalán

Al  zaragozano Miguel Catalán, químico de formación y descubridor en 1921 de los multipletes, claves en el desarrollo de la mecánica cuántica , la guerra le sorprende con su mujer, hija de Menéndez Pidal, en San Rafael, donde es controlado por los facciosos con procedimientos que rozan el esperpento. A partir de 1939 sufrió el ostracismo, lo que perjudicó seriamente el desarrollo de la espectroscopía. Se le retiró de su cátedra, aunque la volvió a asumir en 1946. Un cráter de la Luna lleva su nombre y también un instituto de Zaragoza. Otros aragoneses de la época, como  el  físico Julio Palacios, experto en análisis dimensional y notorio antirrelativista, y Antonio de Gregorio Rocasolano, pionero de la Bioquímica, tuvieron mejor fortuna, al apuntarse al carro de los vencedores.

En el área de lo que hoy denominamos ciencias biomédicas, destaca Juan Negrín, que llegó a presidir el ejecutivo durante la guerra. Fue catedrático de la Universidad central y dirigió sus investigaciones al estudio de los enzimas del metabolismo. De su magisterio surgirían excelentes discípulos como Severo Ochoa y Grande Covián, que también se ausentaron de España.

Por sus posiciones republicanas sufrieron exilio biólogos ilustres como los catalanes Durán y Reynals, especialista en oncogénesis vírica y  Pí i Sunyer, que llegó a dirigir el Instituto de Medicina Experimental de Caracas. También hubo de expatriarse el parasitólogo Pittaluga. Entre los discípulos de Cajal, Tello fue depurado, del Río Hortega dirigió investigaciones hepatológicas en Argentina, donde también trabajó Felipe Jiménez de Asúa y Lorente de No impartió docencia  en EE UU. José Giral, catedrático de Química Biológica, que fue ministro antes del 36, fue presidente de la República en el exilio.

Gregorio Marañón, endocrinólogo clínico y discípulo de Madinaveitia, fundó con Ortega y Gasset y Pérez de Ayala el grupo “ Al servicio de la República “.La insurrección le sorprende en Madrid, se hace pasar por anarquista, y expatriado pasa a defender a Franco.  Escribió en 1935  “Ginecología endocrina”  y “Amiel “, un estudio sobre la timidez.

El zoólogo Ignacio Bolívar, uno de los fundadores de la Sociedad Española de Historia Natural, que dirigió el Museo Nacional de Ciencias Naturales y presidió la JAE, culminó la edición de Fauna Ibérica y Flora Ibérica y también tuvo que exiliarse. El aragonés de Zuera Odón de Buen, padre de la oceanografía española moderna y fundador del Instituto Oceanográfico Español, independiente de la Junta, tras ser encarcelado en Mallorca y canjeado por familares del dictador Primo de Rivera por la presión de la comunidad científica europea, pasó por Banyuls sur Mer y Toulouse y acabó sus días en México. Sus restos mortales fueron repatriados en 2003 a su pueblo natal.

Odón de Buen

También recaló en tierras mexicanas el zoólogo Enrique Rioja.

Uno de los matemáticos más sobresalientes, Luis Santaló, autoridad mundial en geometría diferencial y profesor de los mandos de la aviación republicana, se exilió a Argentina, donde presidió la Academia Nacional de Ciencias. También Pí Calleja acabaría a partir de 1939 en Argentina.

Gran parte de los científicos mencionados eran miembros de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la que fueron expulsados por decreto en 1941.

Al exilio en la antigua Unión Soviética marchó un buen número de médicos de militancia comunista. Los más ejercieron su profesión en la tierra de acogida, otros padecieron represalias por su disidencia y unos pocos regresaron a España. Cabe destacar a José Bonifaci, uno de los fundadores del PSUC, que en Moscú fue médico de Dolores Ibárruri y Julián Fuster, amigo del compositor Sergei Prokofiev, que padeció los rigores de los campos de concentración siberianos  en la etapa estalinista. A destacar igualmente Juan Planelles, uno de los investigadores españoles pioneros en Farmacología y el licenciado en Ciencias por Madrid y en Medicina por Checoslovaquia Manuel Tagueña, que con veinticinco años había tenido a su cargo 70000 combatientes republicanos  en la batalla del Ebro. También ejerció la medicina en Rusia un buen número de los llamados niños de la guerra

Hay que destacar la edición desde el exilio de la revista Ciencia, considerada como la más importante en su género en lengua castellana. Uno de sus directores fue el mencionado Ignacio Bolívar.

Portada de la revista Ciencia

La victoria de los rebelados contra la legitimidad republicana supuso para España la mayor diáspora de intelectuales, humanistas, científicos, artistas y profesores de nuestra historia. Dejaron su impronta en los países de destierro donde fueron acogidos y la contribución a su desarrollo ha sido generalmente reconocida. El Magisterio, que tan ingente y abnegada labor había llevado a cabo en el periodo republicano, fue drásticamente depurado al igual que lo científicos que optaron por quedarse o regresar, sufriendo como mal menor la ignorancia y hostilidad más descarnadas. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas  (CSIC) tomó el relevo de la JAE, procurando borrar en sus primeros años de andadura cualquier vestigio liberal que había inspirado a la Junta, dedicando sus esfuerzos a la promoción de la ciencia aplicada, en perjuicio de la básica, poniéndose al servicio del totalitarismo del nuevo régimen, sometiendo a los no afectos, como poco, a la marginación y premiando con las prebendas de los vencedores a  quienes colaboraron en la implantación de la dictadura o se sumaron a ella. Si con la Institución Libre de Enseñanza, inspiradora de la JAE, surgió un movimiento científico cultural de modernización de España, que propició un fuerte impulso de la ciencia y el pensamiento, la guerra civil y los casi cuarenta años hasta la democracia, arrancaron de raíz aquella esperanzadora apuesta.  Apréciese el cambio de la situación en este fragmento del informe del primer presidente del CSIC, el edafólogo del Opus Dei, José María Albareda al ministro de Educación Ibáñez Martín, relativo a la situación del Instituto de Física del Rockefeller:

“Los físicos de la escuela de Cabrera están persuadidos de que hoy la Física en España es un coto cerrado, en el que, formado el cuadro, nadie puede penetrar.  Dicen que ni siquiera se puede aprobar una tesis doctoral, porque no hay más que un catedrático, Palacios. Y de ahí deducen que es imprescindible la vuelta de Cabrera y el traslado a Madrid de alguno de sus discípulos: de su hermano que está en Zaragoza; de Velasco, que esperó tranquilamente en Inglaterra el desenlace de la guerra y fue repuesto con la sanción de seis meses de suspensión, por lo que está más rojo que nunca, etc. El hecho es que hoy, en la sección de Física del Rockefeller sólo hay una tesis doctoral a punto de ultimar, la de un rojo: Berasáin, que estaba en Canarias y no lo incorporó el Servicio Meteorológico militarizado durante la guerra por falta de confianza.“

Miguel Carreras Ezquerra
Presidente Asociación Ciencia Viva

(Terminado de escribir en Zaragoza en Junio de 2006 y publicado, resumido, en Revista Ágoranº 4)

Bibliografía:
-Cien años de Ciencia en España (Baratas, Casado, Sánchez Ron, Santesmases y otros). Publicaciones de la Residencia de Estudiantes. 1998.
-Cincuenta años de Ciencia española en el exilio. El exilio de los científicos españoles. Francisco Giral. Editorial Anthrophos. 1994.
La Medicina en el exilio republicano. Francisco Guerra. Ediciones Universidad Alcalá de Henares. 2003.
-Miguel Catalán. Su obra y su mundo. José Manuel Sánchez Ron. Ediciones del CSIC.1994.
-Mis memorias. Odón de Buen (Zuera, 1863-Toulouse, 1939). Institución Fernando el Católico. 2003.
– Julio Palacios, físico  español, aragonés ilustre. Francisco González de Posada. Amigos de la Cultura Científica. 1993.
– Los intelectuales y la Guerra de España. Aldo Garosci. Ediciones Júcar. 1981.
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4 comentarios en “Las ciencias en la II República: Más luces que sombras

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    Publicado por Http://Familytreechart.org | diciembre 24, 2012, 1:29 am

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